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Elvira Lindo. Un libro sobre ellas.

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Veintinueve ensayos acerca de escritoras, pintoras, fotógrafas… y un autorretrato de la propia Elvira Lindo. La prolífica escritora gaditana publica nueva obra, ‘30 maneras de quitarse el sombrero’. La autora de ‘Manolito Gafotas’ recibirá el Premio BBK Ja! Bilbao 2019 y será homenajeada en la décima edición del certamen que se celebrará del 26 de septiembre al 6 de octubre.

¿En qué patrones te has basado para seleccionar las historias de ’30 maneras de quitarse el sombrero’? Se trataba, sin duda, de personas a las que admiro, que me han hecho pensar, que me han ayudado a afrontar retos literarios o vitales, pero se quedaron tantas fuera que no diría que son las más importantes de mi vida. Mi editora, Elena Ramírez, y yo quisimos darle una unidad, escoger textos en los que la niñez de los personajes elegidos tuviera alguna presencia. No es un libro definitivo, habrá más textos dedicados a esas personas a las que admiro.

Para el primer capítulo eliges a Pippi Langstrump y hablas de que sus libros presentan un tono antipedagógico y subversivo que llama más la atención a los niños…aunque en tu autorretrato señalas que el humor es pedagógico. Es decir, ¿crees que es una manera de enseñar sin que el niño lo note? ¿Es el tipo de tratamiento que has tratado de dar a tus obras para niños? Yo no he tenido nunca pretensiones pedagógicas, ni en mis textos ni en mi vida. Incluso, cuando me he visto en la obligación de educar, de marcar límites, lo he hecho porque asumía que era mi deber, que no era responsable escaquearse, pero en mí no hay vocación de mostrar un camino ejemplar. Tengo un espíritu rebelde desde niña y algo infantil todavía que no he conseguido dominar y está claro que ya me haré vieja así. Soy una comedianta, y en muchas ocasiones me acerco a mis lectores, sean niños o no, a través del humor, porque es el estilo narrativo que más tiene que ver con esa parte del carácter que no varía a pesar de los años y de la experiencia. Lo curioso del humor es que sin pretenderlo enseña mucho, descubre el recurso del doble sentido, aviva la ironía, la rapidez de pensamiento y el juego permanente del lenguaje. Los niños que se hacen lectores con textos humorísticos ejercitan su inteligencia. Y eso se nota. Los lectores de Manolito son listos. Les encantan los juegos verbales del personaje y los repiten con mucha gracia.

En ese último capítulo construyes toda una tesis en relación al humor. ¿Te consideras principalmente una autora de humor? En relación a esto, ¿qué conoces del festival Ja! Bilbao y qué consideración te merece? Me parece que el término humorista se ha desvirtuado en los últimos tiempos. Parece que el humorista es alguien que hace gracia o ser chistoso sin interrupción. A mí, con todo el respeto, esas personas me aburren en la vida real y también en su oficio, porque nadie, nadie, tiene el don de hacer gracia todo el tiempo. El humor precisa de un ritmo, para que el espectador o el lector descanse y reflexione antes de encontrarse con otro hallazgo. El humor tiene algo de musical, y se construye mezclado con otros ingredientes, con la melancolía, con la ingenuidad, con el juego verbal y también con momentos de seriedad, ¿por qué no? Mi tono, mi forma de expresarme, de ver la vida, nace del humor y eso siempre está ahí, en todo lo que escribo.

Creo que este premio está en estrecha conexión con lo que hago y entiendo por humor. Me siento muy feliz y muy afortunada por recibirlo. Además, tengo un cariño enorme a Bilbao y es una ocasión estupenda para ir y estar con amigos, comer bien, beber mejor y divertirme.

Has tocado un buen número de géneros en tu trayectoria como escritora, ¿te resulta sencillo cambiar de uno a otro? ¿O una vez te pones escribir da igual el público? No suelo pensar en el público, soy fiel al impulso interior que me hace respetar a los personajes y dejarlos que se expresen según su edad y su origen. Me gusta eso tan viejo de dejarse llevar por una voz. No es fácil crear una voz, así que cuando te encuentras con una que escuchas nítidamente en tu cabeza, con una sensación casi de estar poseída por ella, lo más provechoso es dejarse llevar. Esa experiencia es oro puro.

En ese sentido, ¿cómo fue la transición de los años de la serie ‘Manolito Gafotas’ a escribir ensayos y otro tipo de novelas? En mi vida no hubo trauma ni transición. Había hecho muchos personajes ya en la radio. Ahora me río recordando que hacía el personaje de una pija del barrio de Salamanca que hablaba igual que Rocío Monasterio, sin separar los dientes cuando hablaba. Había abordado distintos tonos, así que me pareció lógico seguir otros caminos. No quería pasarme la vida viviendo del éxito de Manolito, y que conste que era muy rentable. Podría haberlo hecho, pero creo que el sentimiento creativo ha de llevarte a ser infiel con tus éxitos, a afrontar otros desafíos. Otra cosa es que entienda que es un personaje muy popular, más que yo, y que es inevitable que acapare una parte de la atención, que en las entrevistas que hago siempre exista el momento manolitesco, pero he escrito otros textos humorísticos y me gusta también hablar de ellos e interpretarlos. Me gusta escribir e interpretar, leer para un público, jugar a ser actriz, manipular al público para que ahora se ría y ahora se emocione. Estas cosas no suelen considerarse serias en la literatura, me refiero a eso de apelar a los sentimientos, pero sinceramente ya me da igual. Ahora, por ejemplo, voy a interpretar un relato con músicos en el teatro durante un mes y es una de las mejores cosas que me han pasado en la vida. No quiero renunciar a lo que me gusta, porque lo que me gusta es lo que mejor me sale. Como decía Pippi Langstrump: “Yo he venido al colegio por las vacaciones de Navidad”. Pues lo mismo.

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“Lo curioso del humor es que sin pretenderlo enseña mucho, descubre el recurso del doble sentido, aviva la ironía, la rapidez de pensamiento y el juego permanente del lenguaje. Los niños que se hacen lectores con textos humorísticos ejercitan su inteligencia”.

El último libro de Manolito, ‘Mejor Manolo’, se publicó en 2012. ¿Habrá más aventuras del genio de Carabanchel Alto (como parece indicar el último capítulo de ’30 maneras…’) ? ¿O es ya un capítulo cerrado? Habrá una más, creo. Con un Manolo universitario. Cuando acabe guiones y una novela que estoy escribiendo me dedicaré a llevar a mi Manolo a la universidad. Pura diversión. Cuando escribo Manolito a veces me parto de risa yo sola, y otras me emociono. Es completamente liberador. Luego lo entrego a la editorial y me olvido de él.

Además de Manolito, has escrito una serie sobre Olivia. ¿Qué crees que hizo que Manolito adquiriese más repercusión que Olivia? Bueno, Olivia es un libro para niños muy pequeñitos. No tiene una línea argumental. No se puede comparar. Creo que en esos cuentos el dibujo de Urberuaga es más importante que el texto. Además, ¿por qué hay que compararlo? Me parece que Manolito está más en la línea de ‘Una palabra tuya’, pero como tenemos esa manera segregada de leer por edades no lo percibimos. He escrito cosas más importantes, creo, pero Olivia tiene una parte importante en la wikipedia así que la nombran como algo fundamental en todas mis presentaciones.

Mencionas algunos casos en los que Manolito ha sido afectado por la censura americana…En este mundo global algo de esa hipersensibilidad ha llegado a España, ¿qué parte de esos comentarios han de ser tenidos en cuenta y cuáles es mejor ignorar? Yo he aprendido mucho, para bien y para mal, con la reacción de los lectores y los expertos. Algunas veces, la corrección política que he sufrido ha sido estúpida, ridícula y ha tenido que ver con la vigilancia fiscalizadora a la que se someten los libros para niños. Me ha indignado y entristecido. Pero yo sabía que la razón estaba de mi parte. Los lectores son mucho más abiertos que los prescriptores de literatura para niños. Por otra parte, el mundo ha cambiado, nos hemos ido haciendo más sensibles a la diversidad humana y a mí me gusta pensar que el humor también ha de ser flexible, estar en conexión con los tiempos. El humor no es algo que se cree sobre la nada ni está libre de interpretaciones morales. Si tú te burlas cruelmente de alguien, si haces sangre, ampararte en que estás haciendo humor es algo tramposo, porque la burla hace mucho daño, y lo sabes. No eres inocente. Vivimos un tiempo difícil, porque cuando los grandes líderes ultra reaccionarios, Trump, Bolsonaro, Salvini, articulan sus discursos en contra de la corrección política como excusa para exhibir racismo, homofobia, misoginia, clasismo, creo que debemos reconsiderar nuestra posición. El humorista ha de saber de qué lado está, como cualquier ser humano. No está por encima de nadie. Gila lo explica muy bien en un texto sobre la burla.

Tienes un largo historial también en prensa en El País. El género de opinión, sobre todo al ser un ejercicio semanal y mucho más breve, está en las antípodas de los libros, ¿qué desafío supone para ti? Supone estar al tanto de lo que pasa. La política siempre me ha interesado en relación a cómo afecta a los ciudadanos, pero cuando se nutre de lenguaje académico me aburre muchísimo. Yo procuro construir mis artículos como pequeñas piezas literarias. Soy cronista, no analista, ahí radica la diferencia. Por cierto, que cuando haces humor con los políticos se ponen muy nerviosos, lo aceptan mal. Y además, ahora, en la línea de Trump, te responden directamente por twitter. Es patético.

Siguiendo con el género periodístico, ¿qué posibilidades te ofrece con respecto a la novela? ¿Qué te mueve a escribir periódicamente una columna? Tal vez sea mi pasado radiofónico. La obligación diaria de mirar el mundo con los ojos bien abiertos. Yo deseo contar historias y me adapto al formato que el momento me presta. Por ejemplo, he escrito muchos guiones de cine, aunque se me defina poco como guionista, y no se me pregunte por ello. Casi todos en el género de la comedia. Como dice Woody Allen, si alguien te ofrece un dinero para contar una historia, ¿por qué no aprovecharlo? Escribir diálogos para que los interpreten actores ha sido una de las cosas más emocionantes de mi trabajo y pienso volver a ello dentro de poco. Ellos te enseñan qué ocurre cuando tus palabras se ponen en boca de un ser humano.

Dicen que me dedico a muchas cosas, pero yo siento que siempre sigo el mismo impulso, el de contar historias.

Volviendo a tus libros, ¿podrías contarnos qué proceso creativo sueles seguir? Primero está la historia, que puede comenzar con una imagen, con una escena, y luego ya me dedico a pasearla. Paseo, me monto mi película mientras voy por la calle. A veces me imagino libros enteros, luego llego a casa y me enfrento a la realidad: a la hora de escribir todo resulta más costoso, más difícil, las ideas se quedaron flotando por la calle y tú debes tratar de recuperar la música que sonaba en tu mente mientras paseabas.

¿Cuál es el libro que no has escrito que te hubiese gustado escribir? Cuando leo algo admirable no tengo la necesidad de apropiármelo, ni siento envidia, me gusta que lo haya escrito otra persona, disfruto con la simple admiración, que para mí es un sentimiento enriquecedor. Yo quiero escribir el libro que estoy escribiendo. Creo haber encontrado ya una voz propia y me debo a ella. No me gusta que me comparen con nadie, porque a las mujeres se nos suele comparar por sistema con otras mujeres. Yo tengo la pretensión, tal vez ingenua, de ser única, querida y reconocible.

Texto de Adrián Blanco y Roberto González. Fotografías de Iván Giménez – Seix Barral.

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