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domingo, junio 7, 2020

Icíar Bollaín. Bailando y llorando con ‘Yuli’.

Yuli

La directora madrileña se ha enfrentado a un nuevo reto profesional al poner en imágenes la autobiografía del aplaudido bailarín cubano Carlos Acosta, con la colaboración en labores de guion de su pareja, Paul Laverty. El film compitió en el último Festival de San Sebastián.

¿De qué manera enlaza ‘Yuli’ con tus anteriores filmes? Hay una parte de la película que es la de la infancia y juventud de Carlos, la de la vida de su familia en Cuba, que enlaza con las otras películas mías, porque habla de emociones, de relaciones… Son personajes muy humanos, y reconocibles y universales. La parte de la danza sí ha sido nueva para mí, y un reto flipante, no solo rodarla, sino hacer esa mezcla de ficción y danza.

Aparte de su talento artístico… ¿qué tiene Acosta que lo hace apto para convertirse en personaje cinematográfico? Es cubano, negro, proviene de un barrio humilde de La Habana, no quería bailar y se convirtió en la estrella del Royal Ballet durante 17 años… Había muchos elementos que hacían su historia atractiva, especial. Paul se fijó sobre todo en la relación, explosiva con su padre, como eje de la película, porque eso contenía además otro temazo: el racial, con ese viaje que hace Carlos, como biznieto de esclavos de la plantación Acosta, hasta llegar a ser el primer bailarín negro que interpreta Romeo. Su vida va en paralelo con la de la isla porque su familia vive las mismas vicisitudes que tantos otros cubanos: el exilio a Miami, el Período Especial, la crisis de los balseros…

¿Qué simboliza esa figura paterna, aparte de la disciplina férrea que lleva por bandera? Es un hombre hecho a sí mismo, que viene de un pasado muy duro, que no ha podido estudiar y se ha auto educado. Y, como ha explicado Carlos, vive vicariamente a través de su hijo todo lo que él no pudo hacer… esa figura paternal, y maternal, es bastante universal: ¿cuántos padres viven sus sueños a través de sus hijos?

¿Cuánto hay que sacrificar para triunfar en un mundo tan competitivo como el actual? El mundo de la danza de élite, como el deporte de élite, lleva mucho sacrificio… no hay otra. Se trata de llevar el cuerpo al extremo, y conseguir una excelencia casi inhumana. Esos saltos, esos movimientos… no creo que se pueda llegar ahí si no es dejándose la piel.

¿Se convirtió Carlos en un juguete roto, tipo Michael Jackson u otros artistas, que tuvieron que dedicar parte de su infancia al cultivo de una profesión especialmente dura? Los que le conocieron de niño dicen que era muy trasto, pero muy simpático, y querido por sus profesores y familia. Hoy es un hombre con muchos planes, proyectos, y con una compañía propia, con familia… Obviamente en una profesión tan dura hay cosas que no se viven, pero otras que sí, que son impagables: el escenario, el público, el aplauso, el hacer algo tan bello… todo eso tiene que ser como una droga y compensar el esfuerzo.

¿Qué tenéis en común Carlos y tú, pues tú también empezaste pronto a actuar? Comparto su pasión por comunicar, establecer contacto emocional con el público. Y sus ganas de probar cosas, de arriesgar. Y ese vértigo de exponerse, de salir al escenario, en mi caso a una pantalla de cine, y mostrar lo que has hecho a todo el mundo sin estar nunca seguro de si está bien… ¡o vas a hacer el ridículo! Texto de Alfonso Rivera. Fotografía de Denise Guerra.

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