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Allegro Ma Non Troppo. Nueva terminal de cruceros de Getxo.

Terminal

Quizás como no podría ser de otra manera, la terminal de cruceros se eleva como una ola varada sobre el muelle de Arriluce, dinamizando todo a su paso, sobre la que “cabalgan” en su cresta a modo de tablas de surf unos lucernarios. Este efecto de olas queda reforzado desde la fachada marítima con la cubierta curva de la pasarela de embarque.

El edificio se concibe como una caja de cristal, un contenedor de vidrio, con una marcada tapa que es la cubierta, si bien, ésta se adelgaza al exterior para aligerar su peso visual creando unas superficies conoides. Esto es importante ya que la cubierta en estos edificios se convierte en el “quinto alzado” y precisa su atención y cuidado. Las carpinterías remarcan sus líneas horizontales para equilibrar tanto dinamismo, mientras que se pierden en las líneas inclinadas en las que solo existen cordones de silicona estructural entre los vidrios.

La duplicidad en “v” de los pilares de fachada absorbe el encuentro del cambio de planos inclinados entre las fachadas opuestas principales, este mismo gesto se repite en los apoyos del elemento de marquesina de la entrada. Si bien se ha perdido una idea que estaba en el proyecto que era la de continuar esta marquesina por las fachadas laterales, lo que hubiera ayudado a la estética del conjunto.

Al interior, la luminosidad es la nota predominante, con un cierto juego espacial de dobles espacios y variadas vistas cruzadas hacia el exterior.

Considerando que en este tipo de obras se debe dar una respuesta adecuada a todo tipo de requerimientos funcionales, técnicos, etc, a éstos se unen los más recientes derivados de no suponer altos costes de ejecución y mantenimiento y los de garantizar una seguridad ciudadana al más alto nivel. La respuesta del estudio de arquitectura Ajuriaguerra Tres, ha sido en su conjunto demasiado comedida, casi impropia para este tipo de edificios. Ya que, en mi modesto entender existe una cierta atadura a un esquema en exceso simétrico o como poco simetrizante, a pesar de que esto ayude al modo de usar el edificio por parte de los viajeros. El ejemplo más claro son los cuerpos trapezoidales que flanquean el edificio en sus extremos, demasiado miméticos. Creo que hubiera sido bueno haber dado pie a alguna “frivolité”, un guiño, algún gesto, ya que resulta demasiado rígido, académico, nada representativo y mucho menos icónico. Quizás podían haber sido más ambiciosos y no me refiero solo a los arquitectos (e incluso igual ni debiera referirme a ellos), toda vez, que el edificio será la primera impresión de Bilbao, esa que ya no se puede cambiar nunca, para los visitantes que llegan por mar.

Eso sí, se produce, no sé si de forma buscada o no, un curioso juego de reflejos desde el dique hacia el plano acristalado inclinado de la fachada principal, de manera que puedes ver cómo deambulan, pasean o hacen jogging las personas, por las mismísimas cristaleras, e incluso podrías ver romper las propias olas en la parte alta del acristalamiento.

Para profundizar o curiosear, según se mire, permítanme recomendarles un artículo de Federico García Barba sobre “Espacios portuarios del futuro”, altamente interesante y quizás revelador de lo que está pasando y de lo que, probablemente, está por pasar. Texto de Leonardo Ignacio Ferreras.

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