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Rodrigo Sorogoyen. Buscando la incomodidad del respetable.

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El director madrileño, de 35 años, sorprende con su segunda película en solitario tras la brutal “Stockholm”: en este caso ha contado con Antonio de la Torre y Roberto Álamo para que encuentren a un asesino en serie en un vibrante thriller que ha ganado el Premio del Jurado al Mejor Guión en San Sebastián.

El escenario de tu nueva película, “Que dios nos perdone” es un Madrid sucio, desconchado y sudado… Era mi obsesión: conseguir retratar esta mierda de ciudad, que es a la vez fascinante. Yo vivo aquí y soy profundamente madrileño. Amo Madrid pero me pregunto por qué lo hago, pues es cruel e incómoda. Yo no he vivido en otros sitios, sólo de Erasmus en una ciudad francesa de provincias, en Nantes, y he pasado cuatro noches en Berlín, pero siempre he pensado vivir en otros sitios y nunca me he terminado de ir, bueno, quizás porque tengo aquí mucha gente querida… pero alguna vez lo haré.

Tu anterior film, “Stockholm” -el primero en solitario tras compartir dirección con Peris Romano en “8 citas”- empezaba como una comedia romántica y acababa de forma tremenda: allí ya estaba la maldad del género humano que tanto te atrae, como se puede ver en “Que dios…”. Me fascina ese lado oscuro que todos tenemos: somos capaces de hacer cosas preciosas y también horribles. Lo válido es saberlo, controlarlo y pedir perdón en caso de hacer daño a alguien. Hay gente que tiene un lado oscuro muy desarrollado y, como soy muy peliculero, potencio eso, para que los personajes sean más fascinantes.

Entonces, ¿todos podemos ser psicópatas? De eso va un poco el film: se es asesino en serie por nacer aquí o allí, con unas circunstancias, porque ¿quién es más psicópata: ese policía o ese otro ciudadano tan normal y corriente?

Mejor no desvelar las sorpresas de la película, pero el equilibrio entre dureza y ternura está logrado. Éramos conscientes de eso: los momentos de ternura tenían que ser potentes, bien interpretados y tratados de forma especial. Hay tres escenas así en el film. Quiero recalcar la humanidad de la película: son humanos esos personajes, se empatiza con ellos. Me gusta poner al espectador en esa tesitura: ver en la pantalla cosas horribles alejadas a priori de lo que uno cree de sí mismo, pero que gracias a la trama o al actor-personaje, llegues a pensar “quizás yo podría hacer algo parecido”. Eso en “Stockholm” estaba, y aquí también: esa incomodidad me pone mucho.

En “Stockholm” me descubriste a una magnética Aura Garrido y aquí tienes un casting brutal, donde no desentona ni el intérprete más anecdótico, pero es que la pareja estelar está de Goya. Aunque había hecho de policía en la obra de teatro “Lluvia constante”, que yo no había visto, escogí a Roberto Álamo porque hizo una prueba espectacular. Además posee una gran presencia física, pero a la vez muy normal y española, y también esa sensibilidad como actor y ser humano, cosa que necesitábamos para el personaje. Comprendió el rol muy bien. Y Antonio de la Torre es para mí del Olimpo: él estuvo desde el principio y los productores dieron el ok sin dudarlo.

Viendo tu película, uno se acuerda de “Seven”. Sí, claro, cualquier thriller de hoy tiene algo de “Seven”: es un referente, un películón muy oscuro, con la figura del asesino, y es a la vez una “buddy movie” (film de colegas). La mía tiene en común con ella la oscuridad y la opresión de la ciudad, y esos personajes antagónicos que se acaban encontrando. Texto de Alfonso Rivera.

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