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Paula Ortiz. La rotunda modernidad de Lorca.

PaulaOrtiz

La cineasta maña, que debutó en el largo con “De tu ventana a la mía”, vuelve a profundizar en la pasión femenina arrebatada con “La novia”, adaptación de la tragedia lorquiana “Bodas de sangre” protagonizada por un trío de lujo: Inma Cuesta, Asier Etxeandía y Álex García, rodada entre la Capadocia y los Monegros.

¿Aún es necesario reivindicar a Lorca? Sí. Aunque su valor como figura política y artística es absolutamente significativa, su obra no es tan conocida: la gente no conoce sus poemas y teatro, que tienen valor hoy y son tan directos: llegan tan profundamente y de manera tan fluida que los reivindico en todas sus formas. De Lorca se podrían hacer decenas de películas y montajes teatrales. Doy clases en la universidad y los jóvenes no conocen nada, ni siquiera tienen esas pequeñas pinceladas que quizás otras generaciones sí tienen, que aunque no hayan leído las obras integras, sí tienen una noción del mundo lorquiano, del caballo, de la luna… Ahora mismo la gente muy joven no lo conoce y cuando de pronto lo ven, les provoca una sorpresa.
Viendo “La novia” te das cuenta de lo moderno que era Lorca… Tremendamente. Era de una modernidad y una lucidez… últimamente he revisado alguna de sus conferencias: tiene una llamada “La teoría del duende”, que la empezó llamando “La mecánica de la invención”, y me parece una de las reflexiones más lúcidas sobre la creación, y tiene otras conferencias o textos sobre el valor de la cultura que hoy es acertado total, incluso por la manera de decirlo.
En tu película Inma Cuesta canta “La tarara” y hasta incluyes a Leonard Cohen. Las obras de Lorca están llenas de música y canciones, tanto en “Bodas de sangre” como en “Yerma” los personajes cantan y eso es algo que no queríamos perder. Hay dos planteamientos distintos de música: uno de dentro de la película, con las canciones que cantan Inma Cuesta y Manuela Vellés, que es el mundo popular y de la celebración de la boda; y luego está la banda sonora que hizo Shigeru Umebayashi que es más canónica e intenta mantener el hilo trágico, la fuerza del fatum a través de esa banda sonora. Y Leonard Cohen es un poco el que une, porque tiene algo de pop y folk, y la canción que incluimos es un texto de Lorca, por lo cual tiene esa conexión entre ambos mundos musicales.
Además, entra al final, cuando la tragedia está desbocada, con esa voz rota… Sí, tiene ese peso específico… tengo un amigo que escribió un libro titulado “Quisiera tener la voz de Leonard Cohen para pedirte que te marcharas” y me pareció genial.
La Capadocia y los Monegros: paisajes duros y violentos. ¿Cómo se decidió rodar ahí? Por una razón estética y narrativa, porque el mundo de “Bodas de sangre” está situado entre lo real, lo esencial, lo mítico, lo simbólico… la idea era generar un paisaje abstracto con ese valor poético sin que fuera un artificio, sin hacer 3D: entonces claro, había que buscar los lugares donde la propia tierra generase ese extrañamiento, ese umbral mágico y simbólico.
Esas cabalgadas por ese paisaje, con esa fotografía sepia, me recuerdan al western. Tiene algo de western en el sentido también esencial, con esa característica de la frontera.
Luego destaca el componente odio, con familias enfrentadas, como la España eternamente enemistada. La gente dice que es una historia de amor, y también de deseo y de odio de generaciones, y de resignación también.
También hay machismo… incluso en las mujeres. Es que la perpetuación del machismo en aquella sociedad patriarcal, rural, de estirpes… era tremendamente machista por parte de la educación que venía de los hombres y de las mujeres: “Tú a tu casa, con la puerta cerrada”, le dicen a la novia y le explica la madre lo que es el matrimonio: “Un hombre, unos hijos y una pared de dos varas de ancho para todo lo demás”. Es una reflexión que a veces se olvida en la educación y en la cultura de género: el hecho de la transmisión de ciertos matices de género muy machistas a través de la educación de las mujeres. Y Lorca retrata muy bien la resignación y esa frustración. También cuando habla de cómo ellas se consumen en esas tierras: algo que recorre la obra del escritor, que tenía una mirada muy fina en la observación de cómo el alma femenina tenía ansia de libertad. Y a la vez las condena, porque acaban todas castigadas. Era todo tremendo. Es algo de nuestra sociedad occidental a lo largo de cientos de años, por la cultura y las religiones, que han sido patriarcales y machistas.
Parece que se están consiguiendo pequeñas mejoras… Y tienes que volver a reivindicarlas: recuerdo haber ido con mi madre a manifestaciones, con seis o siete años, que son iguales que las de ahora. No está conseguido, no está integrado. Es una de las grietas de nuestra sociedad: cómo se castiga a la mujer si hace cualquier ejercicio de libertad y de libre pensamiento.
Las cineastas os quejáis de ser pocas en esta industria… Es una realidad: somos pocas y lo tenemos difícil. Las cifras lo dicen. Ahora con la crisis incluso las jefas de equipo han disminuido, porque hay cierta reticencia. Yo no he notado ningún tipo de diferencia a la hora de que se lea un guión mío, pero cuando llegas a la industria, los grandes presupuestos no son confiados a las mujeres: en España no ha habido una gran producción que se haya confiado a una. Está el ejemplo de Isabel Coixet, pero fuera. Hay algo ahí cultural: se nos confía una comedia romántica o un drama generacional, pero no un gran thriller. ¿Por qué? Ahora que tengo varios proyectos, percibo que es más fácil plantear uno asequible de personajes y drama humano que un guión de cuento gótico, más difícil de levantar. Texto de Alfonso Rivera. Fotografía de Jorge Fuembuena.

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