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Jonás Trueba. Amigos para siempre.

exiliados

La tercera película de Jonás Trueba, el pequeño y último de esa cosa tan ampulosa denominada “estirpe artística”, consiste en un viaje de tres amiguetes a través de Francia a bordo de una furgoneta viejuna y haciendo paradas para reencontrarse con mujeres que han marcado sentimentalmente sus vidas. Rodada en plan colegas y con presupuesto exiguo, “Los exiliados románticos” parece destinada a convertirse, como “Todas las canciones hablan de mí” y “Los ilusos”, en otro film de culto de este cineasta fuertemente comprometido con su vocación y su oficio. Charlamos con él.

¿De dónde están exiliados los protagonistas de tu nueva película? Tal vez de sí mismos y de sus circunstancias. Van en busca de amores que podrían haber sido… De alguna forma uno siempre se exilia en el amor, no se ha inventado un lugar en el que ser más feliz.
¿Con cuál de sus tres personajes te identificas más y por qué?
Con todos. Tienen algo imprevisible: siento que pueden hacer cualquier cosa en cualquier momento. Poseen la libertad y la ligereza a la que aspiro como ideal de vida. Y también tienen mucho de mis amigos en la realidad: Vito, Francesco y Luis. Siento que, más que retratarles como personajes de ficción, los he dibujado. Y quería dibujarlos con trazo ligero, naíf, como personajes de un cuadro, más inspirado en los pintores de vacaciones por la costa francesa, en plan “La joie de vivre” .
¿El amor sigue moviendo el mundo, por encima del sexo o el dinero?
La diferencia es que el sexo y el dinero son cegadores y hasta negadores. El amor, en contra de lo que muchas veces se dice, no ciega, más bien ayuda a mirar más y mejor. Si no mueve el mundo, al menos lo contiene y le da alguna clase de sentido.
¿Es “Los exiliados románticos” una road-movie ortodoxa o libérrima? En ningún momento tuve ganas de hacer una road-movie: suelen ser películas en las que el tiempo pesa mucho y yo quería hacer una película ligera, en la que los desplazamientos del coche fuesen mínimos. Pensaba más en películas sobre la amistad, como “Cuenta conmigo” de Rob Reiner, donde los amigos se buscan una excusa para estar juntos y reírse.
¿Quién tiene más influencia en tu filmografía: tu padre, tu tío David o Eric Rohmer? Pues me gusta sentir que los tres forman parte de mi adn y están en mi sangre, también Rohmer, aunque no sea de la familia propiamente. Rohmer fue importante para mi padre, y seguramente para David, como para tantos cineastas del mundo… Lo bueno es que el cine funciona por contagio y transmisión. Para mí son cineastas y personas con las que has crecido, pero hay muchas influencias importantes en mi vida, no sólo cineastas, sino escritores, pintores, músicos, amigos, novias, profesores…
Esta nueva película tuya surgió de una noche de juerga… ¿con las anteriores pasó igual? “Todas las canciones hablan de mí” y “Los ilusos” eran películas más meditadas: construí previamente un fuerte anhelo de hacerlas. “Los exiliados románticos” surge de forma mucho más espontánea, y eso la beneficia: mucho de lo que me gusta de ella tiene que ver con esa espontaneidad, con cierta alegría y despreocupación. Pero eso no quiere decir que la hayamos hecho de cachondeo. Trabajamos de forma muy intensa en un espacio de tiempo muy corto, pero el equipo de “Los ilusos” estaba ya muy afinado.
¿Cómo nació la idea de que Tulsa fuera una presencia, no sólo musical, en el film? Fue algo natural. Ella quería viajar por Francia, como nosotros, y tenía ganas de cantar. Yo llevaba meses escuchando sus canciones de forma bastante obsesiva. Su presencia en la película se parece bastante a la presencia que ella y sus canciones tenían en mi vida en ese momento.
Eres profesor de cine… ¿qué es lo más difícil de inocular a los aspirantes a Jonáses Truebas? No me considero profesor. Básicamente trato de transmitir la pasión por el cine, y trato de dar forma a esa pasión, lo que no es tan fácil. Surgen muchas frustraciones también. No pretendo que hagan cine como lo hago yo, lo mejor es cuando descubres a gente ya más joven que tú que te sorprende y te enseña cosas y que al mismo tiempo quiere mantener este diálogo contigo.
¿Les pones a tus alumnos tus películas como ejemplo de lo que hay –o no- que hacer con una cámara? Nunca me pongo de ejemplo, ni mucho menos… Sólo alguna vez he usado algo mío para hacerles ver que eres como ellos, que haces lo que puedes, que cometes errores todo el tiempo.
“Los exiliados…” ha costado muy poco dinero: ¿no es ya un poco cansino eso del low cost cinema? Es bastante cansino, sí, pero yo nunca he dicho que hubiese hecho una película low cost, siempre he insistido en destacar que eran producciones baratas en realidad muy lujosas, porque hay mucho talento invertido. Hemos tratado de no pedir dinero a nadie, de no molestar con campañas crowdfunding ni hacer bandera de la precariedad. Luchamos por seguir haciendo las películas que queremos hacer, y aspiramos si no a vivir de ellas, al menos a ser remunerados dignamente.
También ha sido una manera de convertir las vacaciones en una película: ¿qué la diferencia de uno de esos vídeos de luna de miel con el que nos martirizan algunas amistades? Hacemos las películas en los entretiempos que nos dejan otros trabajos, como en “Los ilusos”. Cada vez estamos peor remunerados, la vida se complica y encontrar el momento de hacer una película así no es nada fácil. Fue un placer de viaje, pero también fue muy exigente, lo pasamos mal en varios momentos, no teníamos tiempo para descansar y el compromiso para sacar la película adelante era muy alto.
Formas parte de la Unión de Cineastas: ¿sigue ésta tan activa e ilusionada como al principio o ha ido perdiendo fuelle? Sigue muy activa porque hemos cumplido un año y hemos constatado todas las cosas que hemos ido haciendo. Hemos sido capaces de juntar a mucha gente diversa y abrir el diálogo dentro del sector y hacia afuera. Texto de Alfonso Rivera.

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