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domingo, junio 7, 2020

Un Ovni en las afueras de Donosti.

Basqueculinary

El edificio del Basque Culinary Center en Donosti, cuya imagen nocturna desde la parte posterior recuerda a un artefacto -OVNI- de “Encuentros en la Tercera Fase” sirve quizás para apoyar la idea de vanguardia y apuesta tecnológica de futuro en busca de una seña de identidad para la “nouvelle cuisine basque”.

La lectura, buscada por los arquitectos, ya desde el concurso, sería la de “bandejas o platos apilados”, que acercaría la obra a lenguajes propios de lo que dio en llamar Robert Venturi la teoría del Edificio Pato y Tinglado Decorado, como las estrategias de un edificio para comunicar su función.

O bien, en el mejor de los casos podría verse como una modificada referencia a la imagen exterior del Museo Guggenheim de Nueva York del maestro Wright y en el peor, tantas otras propuestas similares que abundan en el histórico de concursos.

Desde mi punto de vista, puede resultar demasiado rotunda esta imagen, y bastante manida, salvada, eso sí, por el “descoloque” de las plataformas, siendo más apreciable y acogedora la imagen desde el acceso principal. El edificio se abre y abraza al visitante de forma sosegada, anticipando con ello que todo lo referente a la cocina debe ser placentero.

En lo referente a los materiales y ante la neutralidad de los antepechos volados pintados en blanco, se contrapone la chapa prelacada perforada en color dorado, que rememora los papeles de embalajes de tartas y dulces, creando apreciables efectos cromáticos así como transparencias y filtros solares, con resultados cambiantes a lo largo del día.

Funcionalmente el edificio está muy bien resuelto, estructurándose en dos zonas que corresponden respectivamente a formación académica y práctica, habiendo sido objeto de varios premios.

En todo caso, se crean muy variadas y fluidas circulaciones exterior-interior, con una riqueza en cuanto al cruce de visuales que crean atractivas perspectivas, potenciadas por la singularidad que confiere la ausencia de esquinas rectas.

Se echa de menos, y esto pasa con demasiada frecuencia entre proyecto y obra ejecutada, que el auditorio planteado en el proyecto ganador del concurso se haya quedado en el camino. El auditorio realizado resulta ser más previsible y estandarizado, quedando despojado de simbolismos o cuanto menos sugerencias que le aten a lo que supone una Facultad de Ciencias Gastronómicas.

En todo caso, lo mejor puede ser la implantación del edificio en el lugar y la forma de resolver su acceso desde la parte urbana hacia la naturaleza circundante, de forma que se crea un tránsito ajardinado aterrazado en el interior del edificio para llegar a los diferentes accesos a cota inferior aprovechando el declive del terreno (a modo de inmersión en las sensaciones de la cocina de vanguardia). Lo que demuestra una sensibilidad por parte de los arquitectos hacia la parcela donde se ubica, lejos de intervenciones agresivas con el terreno. Estos espacios intersticios conforman de manera acertada el “Campus Universitario”. Del mismo modo, que la parte más urbana desde el acceso rodado no deja de ser un edificio de dos plantas al igual que los de su entorno, sin dejar de marcar su singularidad, lo que repercute en un impacto controlado y amable en el paisaje urbano. A esto también contribuye el tratamiento de los planos inclinados como zonas ajardinadas y placas fotovoltaicas y que materializan la transición fachada-cubierta.

En lo referente a su implantación, se pueden encontrar referencias, en la Universidad de Mujeres en Seoul (Korea), obra de Dominique Perrault.

En definitiva se puede afirmar que esta obra responde a los parámetros que parece regirán la arquitectura del siglo XXI, sensualidad y sostenibilidad.

La firma Vaumm Architects apunta muy buenas maneras en esta obra y se hace merecedora de un atento seguimiento de sus futuros proyectos.

 

AUTORES: Vaumm Architects.

Ubicación: Pº Juan Avelino Barriola 101, dentro del Parque Tecnológico de Miramón.

Lo mejor: La implantación en la parcela.

Lo peor: Los interiores desangelados y carentes de personalidad propia, salvo la cafetería firmada por la decoradora Sandra Tarruella.

Un detalle: El recorte de la planta superior para ver el horizonte desde la fachada de acceso.

Texto de Leonardo Ignacio González Ferreras

 

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