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domingo, junio 7, 2020

Blanca Portillo. Teatro en las venas.

Blanca Portillo

La polifacética artista hace doblete en el teatro mostrando el lado más humano de personajes conocidos. Por un lado da vida a una Virgen sufridora en El testamento de María. Por otro dirige una obra que pone en su sitio a Don Juan Tenorio

Siempre has trabajado en muchas cosas a la vez, pero supongo que es la primera vez que tienes dos obras al mismo tiempo, una como actriz y otra como directora. Esto es nuevo. No me había pasado todavía, pero lo he ido compaginando de una manera bastante ordenada. Me metí de lleno en El testamento de María en junio/julio del año pasado y una vez terminado y estrenado me metí en el Tenorio. Después retomé El testamento. Ahora están los dos viviendo a la vez pero mientras los hice, fue separadamente. Es la primera vez que voy a tener dos obras a la vez y es una sensación muy extraña. Me siento una privilegiada.
Sobre El testamento de María, supongo que al recaer todo sobre ti será muy intenso. Se ve, además, que sufres mucho en este personaje. Es muy duro de hacer, sí, y la responsabilidad de un monólogo, ahí no te escapas ni con alas. Llevas tú todo el proceso y es emocionalmente duro porque es una mujer que habla de la muerte de su hijo y el dolor que le supuso. Eso exige un desgaste emocional importante. Cuando acaba la función yo siempre me siento muy feliz y muy llena pero luego tienes la sensación de que te deja agujetas en el corazón.
El papel fue escrito para Meryl Streep, que no tiene mucho que ver contigo. Ella no pudo hacerlo pero grabó un audiolibro y yo empecé a escucharlo porque es una actriz que me encanta. Luego lo hizo Fiona Shaw en Broadway, que es otra actriz maravillosa que tampoco tiene nada que ver conmigo. Cuando Tóibín vino a ver el espectáculo a Barcelona nos dijo que era María completamente distinta. La temperatura de los actores españoles es diferente a la de los anglosajones. Existe una María por cada actriz que la interprete más allá de que el texto sea el mismo.
A pesar de ser una revisión del personaje de María, es una obra que gusta a los creyentes. No es una función pensada para escandalizar a nadie. Nosotros tenemos una visión de María pasada por el filtro de miles de años y de toda una religión que mueve el mundo. Lo que hace Tóibín es acercarse al momento en que ella estaba viva y ponerte en contacto con una madre que ha perdido a su hijo por una idea y ella no lo comprende. No es irreverente. Ahora estamos viviendo un momento en el que la gente se siente muy agredida cuando se tocan sus ideas, tanto que es capaz de matar por ellas. No es este el caso. Aquí sólo se trata de comprender a la madre sobre la figura que nos ha llegado a través del tiempo.
¿Cómo ha sido trabajar con Agustí Villaronga? Ha sido una de las experiencias más bonitas de mi vida. Es un hombre que no ha hecho nunca teatro pero tiene una sensibilidad teatral maravillosa. Nos hemos entendido desde el primer minuto. Él tenía una idea muy clara de lo que quería contar y ha construido a un ser humano maravilloso dentro de un espacio bellísimo. Él se enfrentaba por primera vez al teatro, yo me enfrentaba por primera vez a un monólogo, de la mano de uno de los mejores directores de cine que hay en este país y ha sido muy fácil para los dos. Puedo decir que es uno de mis realizadores favoritos y además un amigo.
En cuanto a Don Juan Tenorio afrontas una versión desmitificadora, ¿encuentras ese prototipo de seductor un tanto trasnochado? Lo veo como alguien que todavía sigue siendo modelo. Hoy en día entre los hombres decir que alguien es un donjuan es algo positivo. Se utiliza como un piropo cuando alguien liga mucho. El objetivo ha sido buscar cómo sería Don Juan hoy, no en el siglo XVII, donde lo sitúa Zorrilla, ni en el s. XIX que es cuando él lo escribe, si no en el siglo XXI. Es un montaje hecho de forma absolutamente contemporánea, no hay espada ni plumas, y son gente de la calle, de hoy, y el interés ha sido investigar su lado violento, que es algo que sigue estando en las calles y en nuestra vida, en los hombres que agreden a las mujeres , no solamente de forma física sino también de forma emocional, y despojarle de ese romanticismo que yo nunca he entendido. No sé qué tiene de romántico, sobre todo si lo entendemos en el sentido más comercial, un señor que seduce, roba, mata…Es una imagen muchísimo más descarnada y violenta y que supongo que algunos les molesta mucho como he podido comprobar porque parece que es un personaje que algunos quieren preservar porque le tienen cierta admiración y yo no le tengo ninguna, la verdad.
¿No salvas nada del personaje? Lo mejor que tiene -y eso lo hemos subrayado mucho en la función- es que hay un momento en que se enfrenta a sus propios actos y toma conciencia de lo inútil que ha sido su vida. Eso me parece lo más destacable y lo verdaderamente romántico, refiriéndome ahora al romanticismo como movimiento literario y existencial.
Además te encargas de la escenografía de la obra. Ha sido una locura que tampoco ha sido buscada ni pretendida. Cuando empecé hace dos años a preparar el proyecto ya empecé a visualizarlo en un espacio. Hubo un momento en que todo fue creciendo y como además soy coproductora del espectáculo si las cosas no funcionaban o no valían pensaba en cómo me iba a enfrentar con un escenógrafo o un creador cuando me salía más a cuenta hacerlo yo misma. He tenido relación con grandes constructores que me han echado una mano para hacer las cosas. El resultado es un espacio escénico grande y bello pero muy simple, donde los protagonistas son los actores.
En este caso es al contrario, en vez de ser tú la única intérprete, tienes que manejar a un montón de actores. Disfruto cuando dirijo porque me olvido de la actriz y aparece la directora. Es una especie de gimnasia mental. Cuando diriges tienes que tener una visión global y cuando actúas tienes que estar al servicio del director. Pero también una cosa nutre a la otra. La actriz ayuda a la directora a trabajar con los actores y la directora ayuda a la actriz a que , cuando interpreta, tenga una visión más general que su mero trabajo actoral.
Una vez desmontado Don Juan, ¿qué personaje del teatro clásico deberíamos tomar como modelo? Creo que debemos inventar nuevos modelos ya. Dentro de la literatura universal hay personajes maravillosos para que los leamos. Pero no debemos mirar tanto hacia atrás sino crear algo nuestro tomando los ejemplos y anti-ejemplos del pasado. Creo que los hombres de hoy no tienen nada que ver con Tenorio ni las mujeres con esas víctimas de Tenorio. Debemos inventarnos un nuevo tipo de ser humano, más allá del género.
En cine interpretaste a un personaje masculino en “Alatriste”, algo que se hace más en teatro que en una película. Ha habido actrices que en el cine han hecho personajes masculinos, a veces con grandes maquillajes o descomunales trabajos de construcción física. Pero lo que hizo Agustín Díaz Yanes fue mucho más directo y real: yo no llevaba maquillaje ninguno.Creo que le dio algo muy particular a ese personaje. Es una de las grandes experiencias que me llevo para mi, más allá de que a la gente le gustara o no.
Tu personaje de Carlota en “Siete Vidas” se hizo muy conocido. Ahora has vuelto a la tele con “El chiringuito de Pepe”. El personaje de Carlota me sigue acompañando y aún hoy hay niños que me dicen que ven esa serie porque su padre se la pone. Fue la primera vez que yo aparecía en televisión tan continuadamente. Ahora es distinto, el público ya me ha visto en muchas cosas y sabe que no soy ella. Pero a mi me encanta hacer un personaje que se instale en la cabeza de los espectadores y que cale en la audiencia.
Has trabajado con directores como Pedro Almodóvar, ¿hay algún realizador con el que aún quieras colaborar? Creo que hay directores jóvenes maravillosos incluso en televisión que deberían pasar pronto al cine. He hecho menos cine que teatro y televisión y hay un montón de gente con la que me apetecería trabajar. No te puedo decir ni uno ni dos..
También sueles comentar que tienes ganas de trabajar en el extranjero, en cine o en teatro. Sí, está bien salir de tu zona de comfort. Aquí la gente me reconoce y me quiere, o siento que me quieren, pero apetece trabajar con gente distinta en un ambiente que no sea tan cómodo y ponerse a prueba. Texto de Roberto González. Fotografía de ∏ Josep Aznar.

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