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James Rhodes. La música ha salvado mi vida.

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James Rhodes, «el enfant terrible de la música clásica», pianista español nacido en Gran Bretaña, ofrece una experiencia distinta a los recitales tradicionales que uno espera acerca de la música clásica. En sus conciertos, Rhodes interactúa directamente con el público, hablando de las obras que interpreta y comparte la historia de sus andanzas y de cómo la música le ayudó a superar los obstáculos más duros en su vida.

En tu nueva gira interpretarás obras de Frédéric Chopin, Johannes Brahms y Serguéi Rajmáninov. ¿Qué tienen en común estos compositores y cuál ha sido el motivo de reunirlos en el programa ‘Manía’? Para mí los tres hablan el mismo idioma y tiene que ver con el amor. Yo me defino como una persona romántica y me gusta esa melancolía y ese tono que destilan estas canciones. ‘Manía’ va precisamente de eso: de esa fijación casi irracional que puede ser destructiva, pero que también puede crear belleza absoluta. Yo entiendo bastante bien esa sensación de vivir con algo en la cabeza que no te deja en paz. Y cuando toco su música, siento que estamos dialogando sobre eso.

Tus conciertos rompen con el recital clásico tradicional porque hablas con el público y explicas el contexto de cada pieza. Es que a mí me gusta hablar. (Risas). La música clásica se ha metido durante demasiado tiempo en una vitrina, como si fuera algo frágil que solo unos pocos iniciados pueden entender. Y no. Es música escrita por personas de carne y hueso, con sus conocimientos, su bagaje, sus gustos, sus edades, su clase social…Cuando explico una pieza no lo hago para dar una clase, sino para abrir una puerta. Si sabes que Rajmáninov estaba completamente devastado cuando escribió algo, o que Brahms era un mar de contradicciones, de repente esa música deja de ser “correcta” y pasa a ser humana. Y cuando es humana, conecta.

Has contado muchas veces que la música, especialmente la de Johann Sebastian Bach, fue fundamental para superar momentos muy difíciles de tu vida. ¿Cómo influye hoy esa experiencia personal en la forma en que interpretas y presentas las obras? Bach me salvó la vida. Literalmente. No es una metáfora bonita. En los momentos más oscuros, cuando todo era ruido y caos, su música era orden, arquitectura, una especie de abrazo matemático. Eso cambia completamente cómo toco. Yo no salgo al escenario a demostrar nada. Salgo agradecido. Cada nota es un recordatorio de que sigo aquí. Y cuando hablo con el público, lo hago desde ese lugar vulnerable, no desde un pedestal. La música no es perfección técnica: es supervivencia, es consuelo, es verdad.

Tu libro ‘Instrumental. Memorias de música, medicina y locura’ tuvo un gran impacto internacional. ¿Crees que compartir una biografía tan dura ha cambiado la manera en que el público escucha tus conciertos? Creo que sí, pero no porque sepan “mi historia”, sino porque al contarla rompimos un tabú. Hablamos de abuso, de salud mental, de terapia… cosas que siguen incomodando. Ya no hay un secreto enorme pesando en la habitación. Hay honestidad. Y cuando hay honestidad, la música entra de otra manera.

Además de los escenarios, también divulgas la música clásica en medios como con tu programa en Cadena SER. ¿Qué papel crees que deben tener los músicos hoy como comunicadores y no solo como intérpretes? Creo que tenemos una responsabilidad enorme. Si solo tocamos para los que ya vienen convencidos, esto se muere. La música clásica necesita menos guardianes y más traductores y acercarla además desde que somos niños a los colegios y centros educativos. No se trata de simplificarla, sino de contextualizarla, de contar por qué importa. Hoy un músico no puede limitarse a tocar bien: tiene que explicar, compartir, generar conversación. Porque esta música no pertenece a una élite. Pertenece a cualquiera que necesite sentir algo profundo durante unos minutos. Texto de Victoria Herrero. Fotografía de Jeosm.

James Rhodes actuará en el Teatro Campos Elíseos de Bilbao el 9 de abril.

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