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March 3, 2024

Eclipse Total. Canto a la inmensidad.

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La compañía valenciana Pont Flotant propone en esta obra un ejercicio escénico que aborda un tema tan difícil como la muerte, a través del humor y de la reflexión. Un texto complicado y original y un despliegue interpretativo por parte de sus protagonistas que se vieron recompensados con el premio Max a la autoría teatral en este 2023. Hablamos con Jesús Muñoz.

En una entrevista decíais que en vuestra compañía hacéis “lo que nos da la gana”, ¿crees que esa peculiaridad ha jugado a vuestro a favor a la hora de recibir reconocimientos como el Premio Max a la autoría teatral? Bueno, yo creo que este “hacer lo que nos da la gana”, entre comillas, hacer lo que deseamos, lo que nos nace… responde de alguna manera al momento vital en el que estamos, a las inquietudes que tenemos. Tratamos de lo cercano, de lo conocido, de nuestras vidas y las de las personas que nos rodean. A partir de ahí hay una mirada muy peculiar y personal a la hora de acercarnos a diversos temas, como en este caso la muerte. Pensamos que el resultado final siempre trasciende lo anecdótico y llega a un lugar mucho más universal.

Cuando se nos premia, se premia esto, una manera de entender la autoría dramática que no se basa solo en la escritura sino que se escribe de varias maneras, en nuestro caso a cuatro manos y en constante proceso de escritura y reescritura. Y esta reescritura contagia a otras facetas como son el propio espacio escénico y sonoro, el trabajo físico del actor. Al final se premia esta manera de escribir, lo que se ha conocido tradicionalmente como el teatro de creación. Cuando partes de una idea o de un concepto sin ningún texto previo escrito y a partir del propio proceso creativo con las diferentes herramientas y dinámicas que se van elaborando en el laboratorio se va generando el texto de la obra.

La obra tiene varios pasajes humorísticos pero quizá lo más cómico sea la sección inicial y progresivamente se torna más dramática y reflexiva, ¿esa era la estructura que buscabais? Sí, abordar un tema como la muerte para nosotros era un reto. Uno de los hallazgos en el proceso creativo fue quitarle peso a la muerte. Ver lo poco que significa nuestra existencia en términos relativos. Tiene un humor que llega mucho a las personas y que anticipa al espectador a enfrentarse a este tema desde otro lugar, no tan dramático o melodramático como se podría esperar. Esto ayuda a digerir el contenido que vendrá después, mucho más reflexivo, más filosófico y más profundo. También hay mucho humor en las escenas de la comida familiar. Hay mucha nostalgia pero también mucho humor. Eso hace que se equilibre la balanza de estos dos lados que tiene la muerte que a lo largo de la historia de la literatura y del cine se ha tratado también desde estos dos polos. Nosotros no vamos al humor negro ni al cachondeo pero sí que incluimos cierto humor e introducimos con una sonrisa un tema peliagudo, complejo y difícil de digerir en algunas ocasiones.

¿Hubo alguna parte que resultara especialmente difícil de escribir? Particularmente una conversación entre Álex y yo que aparece proyectada como texto, no verbalizada por nosotros, sino que el espectador la va leyendo con un espacio sonoro de fondo que hacemos con el sonido de los globos. Es una conversación en la que dialogamos acerca de nuestra relación con la muerte y acerca de los miedos. Es quizá la conversación más íntima que hay en toda la obra y creo que fue una de las más difíciles. Otro de los momentos más difíciles es cuando yo, Jesús, muero y me voy de escena. Ahí estuvimos escribiendo y reescribiendo y al final la mejor expresión que podíamos encontrar escrita fue una gran acotación que decía “silencio”. Un gran silencio de unos tres o cuatro minutos y al poquito se acuerda de algunas cosas sobre mí y dice un par de frases que ni siquiera termina. Es el silencio del que habla Juan Mayorga, ese silencio que cuenta muchas cosas y que deja espacio al espectador para que complete las cosas con su propia reflexión y sus propias experiencias.

Varios momentos requieren de una gran coordinación entre Alex y tú. El hecho de que hayamos trabajado muchas veces juntos tiene que ver con el código que utilizamos y esa mezcla de lo cotidiano con la creación de personajes. Álex y yo somos Álex y yo pero también hay muchas ocasiones en las que hacemos estos cambios de personajes que requieren efectivamente de mucha coordinación. Para que esto tenga un tempo determinado y que el espectador pueda imaginarse a esos doce personajes son necesarios muchos ensayos.

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«La obra tiene un humor que llega mucho a las personas y que anticipa al espectador a enfrentarse a la muerte desde otro lugar, no tan dramático o melodramático».

La obra hace uso de un lenguaje muy cotidiano. ¿Seguís el texto al pie de la letra u os permitís cambiar un poco las frases para que suene más natural? Normalmente en nuestras piezas mucha gente nos pregunta si está todo fijado o no, y normalmente sí que está todo fijado, pero sí que es un sello en nuestra compañía este toque coloquial en nuestra forma de hablar pero está todo fijado, escrito y reescrito.

En la obra también dais mucha importancia a lo social y a lo familiar. Los primeros recuerdos de la muerte que tengo son las de mis abuelos. Supongo que la próxima muerte natural que llegará será la de nuestros padres que todavía están jóvenes pero por ley serán los próximos que se vayan. Este juego de las sillas que encontramos en ‘Eclipse’ es la esencia de la propia vida. Este ejercicio escénico de saber que mis padres no estarán, a mí personalmente me lleva a relacionarme de otra forma con ellos, a relativizar ciertas cosas. Hablar de la muerte también es un acto social, un acto político, si me apuras. También, en uno de mis diálogos, pongo un poco sobre la mesa la mercantilización que se ha hecho de la muerte, el escaso respeto que se tiene a los cuerpos cuando acaban de morir. Reunirse y compartir anécdotas es también un acto muy social.

Ahora representaréis la obra en Vitoria, pero ¿qué recordáis de la función en la Sala BBK, anterior al Premio Max? Un reencuentro con un público que hacía años que no veíamos, concretamente al público de Bilbao. Sí que habíamos ido más recientemente a Vitoria. Especialmente en el desmontaje el público se quedo un poco sobrecogido por la propuesta. Es un tema duro pero dependiendo del público y del lugar puede dejar una huella más o menos profunda pero creo que en este caso la huella fue especialmente profunda por las preguntas que nos hicieron y las miradas que hubo entre el público. A veces pasa que el público ríe y llora a la vez pero en el caso de Bilbao quizás hubo más lágrimas que risas aunque eso también es bonito. El público de Bilbao es un público fiel y muy respetuoso con el que deseamos siempre encontrarnos porque es un público reflexivo y ‘Eclipse Total’ es una obra reflexiva.

Cuando recibisteis el Max dijisteis que la compañía Pont Flotant era estable, pero que estos galardones suponen un balón de oxígeno. ¿Cómo está la situación para propuestas teatrales diferentes como las vuestras? Es una pregunta un poco compleja de contestar. Yo te diría que el trabajo de la compañía se sustenta en el trabajo diario y a veces en el sobreesfuerzo por mantener a flote (es curioso que lo diga por el nombre de la compañía Pont Flotant), un tipo de propuestas que no son supercomerciales, que no son de unos circuitos muy amplios y que sobreviven por la fidelidad de ciertos programadores que creen en la diversidad de los paisajes escénicos en diversos teatros del estado español. Gracias a esto podemos sobrevivir porque vivir del teatro en España no es fácil. Agradecemos los premios, agradecemos la visibilidad y agradecemos las ayudas del Ministerio, del Ayuntamiento de Valencia y de la Generalitat, porque si no sería imposible subsistir. Esto creo que es también un acto político, una manera de entender el teatro. Al igual que tiene que haber cine de todo tipo creemos que ha de haber espacio para todo tipo de propuestas en la creación escénica. Insistimos porque cada vez hay más espectadores que valoran esta visión peculiar del teatro que tiene mucho que ver con la cercanía y la identificación del espectador con lo que está viendo. Y a pesar de todo lo que he dicho estamos siempre en la cuerda floja y ese estar en la cuerda floja a veces es adrenalínico y está bien pero muchas veces produce un cansancio que no favorece la creación. Un creador escénico tiene que tener tiempo para crear y después tiene que tener espacio para mostrar su trabajo. Es importante que se hagan obras de teatro que te hagan sentir algo y que este encuentro con el arte cambie un poco tu tránsito vital. Hay que seguir valorándolo, apoyándolo y cuidándolo. Texto de Roberto González. Fotografías de Nerea Coll.

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