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Villa y Marte. Marcianos castizos.

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La compañía madrileña Ron Lalá se aproxima al género chico, al sainete y a la comedia de disparates pero lo hace a través de una historia de ciencia ficción en la que un capitán y su androide viajan a un Marte con aire cañí. Hablamos con Daniel Rovalher.

Es la primera vez que os adentráis de lleno en la ciencia-ficción, aunque sea de una forma muy particular. Citáis referentes como ‘La guía del autoestopista galáctico’ o la obra de Ray Bradbury, ¿es un campo que os gusta? La ciencia ficción es una temática que siempre ha estado en nuestra cabeza pero nunca lo hemos plasmado en un espectáculo de esta manera. Hablamos de ese imaginario del ser humano donde siempre queremos poner nuestras ansias, nuestros avances tecnológicos, probablemente nuestras próximas conquistas…y todo lo que hace falta para poder poner el pie, primero fue en la luna, ahora en Marte. Todo esto para hablar de nuestro Madrid, en este caso Martiz. Así señalamos todo lo madrileño, todo lo castizo…pero situado en Marte. Qué pasaría si una nave aterrizara en Marte y estuviera todo lleno de verbenas, farolillos y existieran androides con gorras y vestidos de chulapos.

¿Qué otros temas satirizáis? Supongo que su origen está en la idea de Elon Musk de colonizar Marte y de todo el tema de la crisis climática. Sí, el resumen de lo que queremos contar viene a ser que estamos ansiosos por conquistar otro planeta pero lo primero que tendríamos que hacer sería cuidar el nuestro.

La ciencia ficción no es un género habitual en teatro, ¿supone un desafío a la hora de representarlo con el vestuario y con “efectos especiales”? Intentamos dar con la tecla para que lo que no se pueda representar en el escenario lo complete el espectador con la imaginación. Pero, a pesar de eso, sí necesitábamos cierta envergadura y amplitud en el espectáculo para que el espectador vea cierta presencia de esa ficción. En este caso el apoyo está en lo estético: en el vestuario, el diseño de iluminación, la grandiosidad del escenario, el hecho de que siempre vemos un suelo rojo… tirando de los efectos especiales que te permite el teatro.

En esta obra en concreto manejáis referentes muy madrileños, ¿qué tal se reciben en otras comunidades autónomas? Esta obra se preestrenó en Valladolid, luego la llevamos a Santander, a Burgos… se hicieron unas ocho funciones antes de llegar a Madrid a los Teatros del Canal, que son coproductores del espectáculo y que se consideraba como el estreno real. Pero antes de eso habíamos tenido un testeo en varias ciudades que no eran Madrid y la respuesta era muy positiva. Entonces teníamos miedo de que al llegar a Madrid funcionase peor, de que a los madrileños no les gustara que bromeásemos sobre ellos en su cara. Pero qué va, en Madrid también ha sido una fiesta.

Os basáis en el sainete y en el género chico, ¿partís de un estudio profundo de los clásicos a la hora de realizar las canciones? Los hemos estudiado ligeramente porque tampoco se trataba de hacer una parodia o una zarzuela pura y dura. De hecho los instrumentos que empleamos son casi futuristas: sintetizadores, baterías electrónicas, nuestras voces… y luego hay ramalazos de folclore: jotas, chotis…pero también está regado de baladas que nos recuerdan a los grandes hits de Disney. Tocamos musicalmente todos los puntos, no nos quedamos nunca sólo en uno.

¿Y qué tal funcionan estos géneros entre las nuevas generaciones? Nuestro público es muy variado y nos sentimos muy contentos de que llegamos también al público joven, que es el que va a continuar con la tradición de acudir al teatro.

¿Cómo os repartís el trabajo entre los ronlaleros? A esta compañía cada uno hemos llegado con nuestras virtudes y nuestros talentos. Con la gestión de Yayo Cáceres en la dirección nos hemos ido contagiando cada uno de las virtudes de los demás. Tenemos un dramaturgo, Álvaro Tato, un director musical, Miguel Magdalena…pero luego el trabajo intentamos sacarlo todo entre todos. La última palabra del casting la tiene Yayo, que es el que mejor nos conoce y sabe perfectamente qué personaje podemos defender mejor.

Texto de Roberto González. Fotografía de David Ruiz

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