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En Streaming. El Juego del Calamar.

Un padre (Gi-hun) divorciado, endeudado y mantenido por su madre recibe una extraña oferta en el interior del metro. Poco después, tras verse acorralado mental y económicamente por numerosos fracasos, decide ceder y participar con otros 455 jugadores que se encuentran en situaciones similares. Tras las seis rondas desatarán un fuerte e incontable botín de wones, la moneda surcoreana.

Después de aterrizar el pasado 17 de septiembre en Netflix, ha necesitado poco más de medio mes para proclamarse como el mejor estreno de la plataforma de streaming, con 117 millones de personas rendidas a este macabro thriller distópico. Su director y guionista, Hwang Dong-hyuk, tardó diez años -desde 2009- en sacar adelante el proyecto. Y al igual que los participantes, atravesó problemas económicos en su travesía de rechazos. Hasta que Netflix le auguró en 2019 un éxito -y, a su vez una oportunidad- al creador de la serie.

‘El juego del calamar’ es una introspección incesante y adictiva de la realidad que asoma en Corea del Sur. Una constante presión por alcanzar el éxito, como sucede en su compatriota ‘Parásitos’, lleva a los protagonistas a acumular deudas y ahogarse en el más duro capitalismo. El espectador, al igual que los altos poderes, será cómplice de los delitos sádicos de una aproximación al voyeurismo. Una última oportunidad es la excusa perfecta para convertir al ludópata -y demás gentío- en carne de apuesta. Lujosa y excéntrica escena del penúltimo juego, que hace referencia al comienzo.

La serie, de nueve capítulos, recuerda a un concepto hiperpulido de ‘La Purga’ con matices violentos y fríos de ‘Funny Games’. Dentro de lo que se supone que es un absoluto control sistemático se irán desarrollando diferentes subtramas de ovejas descarriadas que, como parece apreciarse en el último acto de cierre, probablemente se retomarán en la segunda temporada.

Existe una espiral obsesiva de planos perfectamente geométricos, con colores llenos de contrastes –al igual que las temáticas de juegos– y una banda sonora (‘Squid Game – Pink Soldiers’) capaz de impregnarse como una bala. La crueldad dentro de ese ambiente inocente y hermético, donde los empleados de buzo rojo y máscaras de figuras empuñan armas, genera una confusión de psicópata.

La interpretación y evolución final del protagonista, Lee Jung-jae, y el ‘jugador 456’, es perfecta. Lo único que chirría es el carácter seco e inexpresivo de la jugadora 067, ‘la ladrona’. Aunque -quizás- su papel tenga algo que ver con el desvirgamiento actoral. Hoyeon Jung dio el salto desde la moda. Los demás jugadores (de razas, edades y estratos distintos) que forman parte del círculo cercano del jugador 456 enriquecen las conspiraciones de una isla recóndita y cercana a Seúl.

Esta fuerte crítica social ficticia revuelve los estómagos y cerebros de forma macabra y estética. Los juegos populares infantiles, incluso alguno de ellos arraigados en nuestra zona euskaldun, son la antítesis del disfrute de un juego. El partícipe gana, pero quien de verdad disfruta es el que observa. Texto de Jon Argüeso. Fotografía de Netflix/Noh Juhan.

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